lunes, 15 de agosto de 2016

Dormición y Asunción de la Virgen

Páginas Marianas
 
15 de agosto, Asunción de la Virgen.
Como recordaba el Papa, el cielo tiene un corazón: el de la Virgen María,
que fue llevada en cuerpo y alma junto a su Hijo para siempre.

 Los últimos años de María sobre la tierra —los que transcurrieron desde Pentecostés a la Asunción—, han permanecido envueltos en una neblina tan espesa que casi no es posible entreverlos con la mirada, y mucho menos penetrarlos. La Escritura calla, y la Tradición nos hace llegar solamente ecos lejanos e inciertos. Su existencia transcurrió callada y laboriosa: como fuente escondida que da aroma a las flores y frescura a los frutos. Hortus conclusus, fons signatus (Ct 4, 12), le llama la liturgia con palabras de la Sagrada Escritura: huerto cerrado, fuente sellada. Y también: manantial de aguas vivas, arroyos que bajan del Líbano (Ibid., 15). Como cuando estaba junto a Jesús, pasó inadvertida, velando por la Iglesia en sus comienzos.

 Es cosa clara que vivió, sin duda alguna, junto a San Juan, pues había sido confiada a sus cuidados filiales. Y San Juan, en los años que siguieron a Pentecostés, moró habitualmente en Jerusalén; allí lo hallamos constantemente al lado de San Pedro. En la época del viaje de San Pablo, en vísperas del Concilio de Jerusalén, hacia el año 50 (cfr. Hch, 15, 1-34), el discípulo amado figura entre las columnas de la Iglesia (Gal 2, 9). Si María estaba aún a su lado, debería rondar los 70 años, como afirman algunas tradiciones: la edad en que la Sagrada Escritura cifra la madurez de la vida humana (cfr. Sal 89, 10).

 Pero el puesto de María estaba en el Cielo, donde su Hijo la esperaba. Y así, un día que permanece desconocido para nosotros, Jesús se la llevó consigo a la gloria celestial. Al declarar el dogma de la Asunción de María, en 1950, el Papa Pío XII no quiso dirimir si la Virgen murió y resucitó enseguida, o si marchó directamente al cielo sin pasar por el trance de la muerte. Hoy día, como en los primeros siglos de la Iglesia, la mayor parte de los teólogos piensan que también Ella murió, pero —al igual que Cristo— su muerte no fue un tributo al pecado —¡era la Inmaculada!—, sino para asemejarse más completamente a Jesús. Y así, desde el siglo VI, comenzó a celebrarse en Oriente la fiesta de la Dormición de la Virgen: un modo de expresar que se trató de un tránsito más parecido al sueño que a la muerte. Dejó esta tierra —como afirman algunos santos— en un transporte de amor.


 Los escritos de los Padres y escritores sagrados, sobre todo a partir de los siglos IV y V, refieren detalles sobre la Dormición y la Asunción de la Virgen basados en algunos relatos que se remontan al siglo II. Según estas tradiciones, cuando María estaba a punto de abandonar este mundo, todos los Apóstoles —excepto Santiago el Mayor, que había sufrido martirio, y Tomás, que se hallaba en la India— se congregaron en Jerusalén para acompañarla en sus últimos momentos. Y una tarde serena y blanca cerraron sus ojos y depositaron su cuerpo en un sepulcro. A los pocos días, cuando Tomás, llegado con retraso, insistió en ver el cuerpo de la Virgen, encontraron la tumba vacía, mientras se escuchaban cantos celestiales.

 Al margen de los elementos de verdad contenidos en estas narraciones, lo que es absolutamente cierto es que la Virgen María, por un privilegio especial de Dios Omnipotente, no experimentó la corrupción: su cuerpo, glorificado por la Santísima Trinidad, fue unido al alma, y María fue asunta al cielo, donde reina viva y gloriosa, junto a Jesús, para glorificar a Dios e interceder por nosotros. Así lo definió el Papa Pío XII como dogma de fe.

 A pesar del silencio de la Escritura, un pasaje del Apocalipsis deja entrever ese final glorioso de Nuestra Señora. Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas (Ap 12, 1). El Magisterio ve en esta escena, no sólo una descripción del triunfo final de la Iglesia, sino también una afirmación de la victoria de María (tipo y figura de la Iglesia) sobre la muerte. Parece como si el discípulo que había cuidado de la Virgen hasta su marcha al cielo, hubiera querido dejar constancia —de una manera delicada y silenciosa— de este hecho histórico y salvífico que el pueblo cristiano, inspirado por el Espíritu Santo, reconoció y veneró desde los primeros siglos.

 Y nosotros, impulsados por la liturgia en la Misa de la vigilia de esta fiesta, aclamamos a Nuestra Señora con estas palabras: gloriosa dicta sunt de te, Maria, quæ hodie exaltata es super choros angelorum: bienaventurada eres, María, porque hoy fuiste elevada sobre los coros de los ángeles y, juntamente con Cristo, has alcanzado el triunfo eterno.


* Publicado originalmente el 14 de agosto de 2011.

✒ | J. A. Loarte | Opus Dei | 14 de agosto de 2013
http://www.opusdei.es/art.php?p=44977
 
Imagen: La asunción de la Virgen. Caravaggio.

martes, 7 de junio de 2016

Juan Carr: sólo el amor puede sostener

 
Hace años creó un proyecto que se mantiene como vínculo entre el que necesita y el que puede dar. Vida y obra de un hombre que en nuestro país se convirtió en sinónimo de solidaridad y lucha contra la injusticia

Entonces, de la nada, su madre soltaba la pregunta.

-¿Qué es lo más importante en la vida?
El buscaba, sin suerte, la respuesta en los ojos de la mujer.

-¿Boca? ¿Platense?

-No, el amor. Lo más importante es el amor.

Es lunes. Es una mañana fresca, pero soleada. Las personas, las cosas, todavía luchan contra la inercia plácida del domingo. Estamos en el Colegio Carmen Arriola de Marín - arboledas profundas, edificios como cascos de estancia, alumnos con uniforme-. Aquí las cosas, la gente, parecen estar muy en su lugar. Hasta que llega Juan.
 
Juan -camisa a cuadros saliéndose del pantalón, jeans flojos, algo caídos y con manchas de pintura roja, cinturón largo que le cuelga de un costado y mocasines con mucho camino andado- llega arrastrando unas bolsas con frazadas. Lo sigue, algo desconcertado, un empleado -portero, maestranza, seguridad-. Sin dejar de avanzar, Juan busca su mirada. Le habla con autoridad.
 
-No te preocupes por el quilombo. Yo estoy acostumbrado a hacer quilombo. Pero sin nervios. Esto tiene que ser con alegría. Con alegría...
 
Y tira, con toda la alegría que puede, su carga en medio del patio parquizado. Ahí un grupo de cincuenta alumnos del colegio escucharán respetuosos a ese hombre de cabello entrecano, ojos celestes y bigote pelirrojo, que suelen ver en la tele. Escucharán sobre el temporal de los últimos días y sobre la necesidad de ayudar a las víctimas. Escucharán sobre cómo subir el pedido a sus redes sociales ("pidiendo fácil y concreto, porque en Internet la gente está en cualquiera").

Juan saca fotos con su celular y pedirá -siempre se puede pedir más- que, ya que están, lo ayuden a llevar esas frazadas para allá. Allá es donde puedan ser vistas por otros. Allá, carnada para contagiar las ganas de ayudar.
 
Hoy es su primer día de trabajo en el Colegio Marín. Durante los últimos cinco años estudió y generó lo que llaman cultura solidaria en el colegio parroquial Santo Domingo Savio, en La Cava. Ahora, la diócesis de San Isidro, de alguna manera su empleador, lo transfirió a este lugar, en el extremo opuesto de las condiciones socioeconómicas.
 
Le dan, le prestan, una oficina y se mete como en su casa. Se sienta frente al escritorio de madera y vidrio, prende la computadora. Revisa su correo.

-¿Mate podemos tomar?

El mismo empleado de antes, su cara, un monumento al desconcierto.

-Bueno., ¿trajeron mate?

-No. -dice Juan, la vista clavada en la pantalla-. En eso estamos desarmados.

Siempre se puede pedir más.

Un improvisado equipo de mate no tarda en llegar. Lo trae una chica. Juan la recibe con pompas. Dice que muchas gracias. Dice que cómo es tu nombre. Dice que un gusto. Y le da un beso.

Finalmente se acomoda. Y propone, se propone, algo que cumplirá sólo a medias.

-Vos preguntá y yo respondo.

El hombre se ha vuelto un experto francotirador. Sabe disparar las respuestas que a los medios les gusta publicar. Sabe, siente, que le regalan su atención y a cambio se entrenó para facilitar las cosas. Su discurso es una combinación de frases cortas, números y porcentajes, historias que conmueven. Difícil no caer en la tentación de desgrabarlas textuales. Habrá que luchar con su habilidad para desintegrarse, para perderse en el discurso hasta desaparecer. Para volverse menos, mucho menos, que un mero canal comunicador. Habrá que luchar para hablar de Juan Carr.
 
Antes de escuchar por primera vez aquello de que lo importante es el amor, Juan ya había escuchado sobre el hambre. Eran tiempos de hambruna en Biafra y de pósters (así se le llamaban) de Unicef con escenas de niños pobres en campos verdes. También escuchaba decir que él era un chico inteligente. Los exámenes hablaban de un coeficiente intelectual alto, pero no sabía muy bien para qué le servía. Sería, tal vez, una especie de consuelo que le ofrecían por ser hijo único o por ser, desde que tuvo 2 años, hijo de padres separados en tiempos en que semejante destino se llevaba como una cicatriz abierta en la frente. Desde que su madre -una mujer culta a la que le gustaban los idiomas- se había separado de su padre -un abogado que, como él ahora, quería cambiar el mundo- vivía en un universo habitado por fuertes presencias femeninas: su mamá, su abuela y su tía. Para contrarrestar tanta contención, su madre decidió introducirlo en otro mundo: el de los boy scouts.
 
Después fue, como suele ser, una cuestión de superposiciones. Un poco de la cultura scout, con aquello de siempre listos y la buena acción del día. Otro poco de educación laica en una escuela sarmientina. Y, más adelante, un colegio católico de padres pasionistas con una concepción mística de la solidaridad. Capa tras capa, era preparado para ser lo que se llama un buen hombre. Tanto que, harto de escuchar sobre el amor al prójimo y ansioso por ponerlo en práctica, lo primero que hizo el día que cumplió 18 años fue ir a donar sangre. Dos meses después misionaba con los indios wichis y pilagás, en Formosa.
 
A esa altura ya tenía algunas certezas: se había creído lo de su inteligencia y sabía que la quería usar para ayudar a otros. Quería, cambiar el mundo, así, grande: caaambiaaar el muuundooo. Y se le antojó que la manera más básica, ambiciosa y animal de cambiar el mundo y ayudar a otros era combatiendo el hambre. El hambre. Así de grande.
 
Trabajó de plomero, fue profesor de Biología y Química y se recibió de veterinario. Se hizo veterinario, dice, porque son los veterinarios, los agrónomos y los médicos los que saben cómo un aminoácido se va a convertir en proteína en su paso de la tierra a la raíz, de la raíz a la hoja, de la hoja a la panza de una vaca y de la vaca a la panza y al cerebro de un chico desnutrido. Se hizo veterinario para combatir el hambre.

Es jueves. Es una tarde soleada, pero fresca. Estamos en el hogar de tránsito Cura Brochero, un lugar para gente en situación de calle. La casita es un típico chalet de Vicente López con un atípico mural del artista plástico Milo Lockett en la entrada. En la entrada, al lado del mural, dos hombres sentados. Parece que esperaran algo. Parece que no supieran qué. Un empleado abre una compuerta que hace de mirilla, pregunta quién es y exagera una queja no muy creíble.

-Juan siempre cita gente acá y no avisa.

Adentro, paredes con revoque a la vista, con crucifijo dorado, con carteles que dicen baños, comedor, cuartos y recepción. Adentro, olor a gas, a comida, a jabón de al por mayor. Adentro, la radio prendida: Jorge Lanata habla de los millones de dólares que alguien gastó en algo.
 
Hay un sillón viejo con pilas de ropa doblada y etiquetada. Una mesa tapada de papeles. Un termo, un mate. Sillas, de diferentes juegos. Hay armarios de chapa con candados. Colchones. Una pila de toallas limpias y gastadas. Toallas, de diferentes juegos. Hay estatuilla de la virgen. Estatuilla de la Madre Teresa. Estatuilla del cura Brochero. Una remera de los Pumas firmada y enmarcada. Santos, de diferentes juegos.
 
Todo tan quieto, todo tan callado. Hasta que llega Juan. Se mete como en su casa. Se sienta frente a una computadora. Revisa su correo.

Dice cómo es esto, su vida.

-Esto es como un caos ordenado. Si a la realidad la enfrentás caóticamente, te pasa por arriba, pero también si la enfrentás organizadísimo.
 
Entre el orden y el caos propone que vayamos a una escuela, acá cerca. Y ahí nos sentamos a charlar, dice.

En la escuela, una oficina triste: dos sillas, un escritorio y una ventana que casi no es.

-Lo lamento, pero hoy vamos a tener que hablar de Juan Carr.

-Adelante. Mi mujer y mi terapeuta dicen que soy huidizo, pero no es para tanto.

Si pudiera aplacarse, mostrarse calmo, sosegado. Si no tuviera tanta alegría de vivir. Si hiciera un esfuerzo para que el peso de la vida y el dolor de los otros se le notara más en los hombros y en la cara. Si articulara un discurso repleto de silencios y medios tonos, inflexiones de la voz. Si dijera yo en vez de nosotros. Si se mostrara más prolijo, más ordenado, menos impulsivo. Si posara un poco más su capacidad de reflexión. Si posara un poco más ante las cámaras. Si posara un poco más.
 
Transcurría 1983. Juan y María salían hacía un año. Y todo se detuvo. Todo se mezcló en una maraña sin tiempo. Todo, sarcoma. Todo, linfoma no-Hodgkin. Todo, hay que abrir. Todo, quimioterapia. Todo, tumor. Todo, tres meses de vida. Todo, estar en manos de Dios.
Fueron cinco años que Juan le dedicó a retener la vida, eso que se da por sentado, por retenido. Controles cada mes, cada dos meses, cada seis meses y cada año. En marzo de 1988, el último. En septiembre de ese año; como todo indicaba que, al final, no se iba a morir, se casó con María. Lo que sí, decían los médicos: no iba a poder tener hijos. Después tuvieron cinco.

Encerrado en la oficina del colegio, Juan se preocupa porque la historia de su tumor no se lea, no se escriba, como una película épica de Hollywood.
 
-No quiero que nadie sienta que se abre una puerta, lo enceguece la luz y aparece alguien que camina a un metro del suelo. Yo le temo a eso. Hay como un olor a personalidad superespecial, casi mágica, que no me gusta.
 
También se preocupa porque en ese cuartito empieza a faltar el aire. Trata de abrir la minúscula ventana y en el intento se le cae el barral de la cortina. Los problemas de todo el mundo.
 
-Yo tengo los problemas que tiene todo el mundo. De personalidad especial, nada. Todavía no pagué las últimas dos cuotas del colegio de mis hijos. Tengo unas goteras en mi casa. Lo que sí puedo decir es.
 
Antes de decir lo que sí puede decir, un silencio poco habitual.
 
-Puedo decir que en la situación de sufrimiento me volví muy respetuoso del dolor de los demás. Y que reafirmé todos los sueños que tenía. Reafirmé un estilo de vida cristiano. Reafirmé mi fe. Y seguí pensando que no es justo que alguien duerma en la calle y tenga frío, que no es justo que alguien no se trasplante porque falta un órgano, que no es justo que un chico no pueda acceder a la Universidad. En todo eso ya creía, y menos mal, porque lo confirmé.

Si parece que no nos morimos, dice que pensó, vamos a retomar donde estábamos.

Y un día, sin querer, Juan puso a prueba su ego. Creó, con cinco amigos, la Red Solidaria y se arriesgó a convertirse en un personaje público. Ser menos Juan y más Juan Carr.
 
La Red Solidaria fue desde el principio: conectar a personas que tengan algo de tiempo disponible para que vinculen, a su vez, a quien sufre una necesidad con quien pueda ofrecer una solución. Hasta ahí, una forma más de voluntariado. Fue con la participación en un programa de radio que los cinco fundadores descubrieron la palabra mágica: comunicación. Si cada vez que alguien de la red aparecía en un medio, los teléfonos explotaban de llamadas, había que aparecer más. A fuerza de verborragia, de claridad conceptual, de calentura, Juan fue el que más apareció. Y empezó a ser Juan Carr, el de la Red Solidaria.

Diecisiete años después habla de nosotros, pero es él el que intenta volver a ser cualquiera.

-Es que nosotros somos cualquier persona, somos los cualquieras. La red es un modelo para que la gente común haga. La gente común puede traer una frazada, mandar por e-mail la foto de un chico perdido, ser donante de órganos.
 
Volver a ser lo que más le gusta: Juan, a secas.
 
-Y cuando se hace mucha comunicación o una tapa de LNR no parecés alguien común, nadie te puede imitar. La comunicación te descualquieriza.
Juan, a secas.
 
Sintió que lo logró una noche fría y lluviosa. Estaba disimulado entre un grupo de voluntarios que entregaba abrigo y comida a gente en situación de calle. Y una voluntaria muy joven se puso a explicarle qué era la Red Solidaria. A él, a Juan Carr, a Juan, a secas.
-Fue un momento mágico. Alguien me explicaba en la calle lo que habíamos soñado hacía años. Me lo explicaba perfecto.
 
La casa de Juan Carr es un portón blanco en una calle interrumpida por las vías del tren. La casa es -blanco, cemento alisado, madera y vidrio- una casa de revista de decoración. La casa es -pared marcada, sillón gastado, parque con cañas crecidas y cosas fuera de lugar- una casa de la vida real. La luz que entra por las ventanas, los colores pastel de los cuadros pintados por María, la gente que entra y sale todo el tiempo, el mate siempre listo., hacen que uno se sienta a gusto en la casa de Juan Carr.
 
En la mesa del comedor está María, la mujer de Carr. Está con Alejandro, su primo. Alejandro tiene 36 años, a los 18 tuvo un ACV que lo dejó como está ahora: volcado en una silla de ruedas, sin habla y con sus movimientos muy limitados. Como está ahora: el rostro, pura luz, algo, un reflejo, parecido a la alegría. Como está ahora: ojos que sí pueden hablar.
 
En poco tiempo la mesa se llena de comensales: Juan, María, Alejandro, tres colaboradores de la Red y la mamá de Alejandro -pelo blanco inmaculado, delantal de cocina-. Carr agarra la guitarra, pone un cancionero en su laptop y trata de cantar algo. Pronto se aburre y deja la guitarra a un lado. Son las cuatro y media de la tarde y María improvisa un almuerzo con lo que había en la heladera: arroz yamaní, carne fría, verduras, queso cremoso y cerveza. En la cabecera de la mesa Alejandro duerme volcado sobre el brazo de su mamá.
 
Yo, Juan Carr, doy diez batallas por día. Pierdo ocho, empato una y gano una. Pero por esa que gano traeme sidra para celebrar. Yo, Juan Carr, tengo la derrota garantizada. Y lo digo con alegría, no me deprimo. Hay un chico que se trasplantó, pero hay 6700 que esperan. Yo, Juan Carr, soy pedante. Cuando me pongo humilde es porque lo laburo, pero también porque la realidad me humilla todo el tiempo.
 
Yo, Juan Carr, tengo que estar todo el tiempo con el pie en el freno. Del dolor, lo más cerca necesario y lo más lejos posible. Ya sé lo que es la sensibilidad de la gente: aprendí a llenar un estadio de gente que brama y grita solidaridad, solidaridad y le caen lágrimas por las mejillas, pero se apagan las luces y todo, todos, vuelven a la normalidad. Y yo necesito que no sólo se emocionen, sino que se comprometan.
 
Yo, que quería cambiar el mundo desde que tenía 4 años fui muy respetuoso de todos los pasos que tenía que cumplir. Tenía que trabajar, trabajé. Tenía que estudiar, estudié. Tenía que convertirme en un profesional, fui profesional. Todo lo que tenía que ser lo fui. Todo lo formal lo cumplí. ¿Vieron que lo podía cumplir? Bueno, ya está, ahora tengo que cambiar el mundo.

Marcelo López Birra es director del Colegio San José de Calasanz y de la cátedra Educación para la Paz y la Comprensión Internacional de la Unesco. Fue quien nominó por quinto año consecutivo a Juan Carr para el Premio Nobel de la Paz.
 
La nominación presenta a Carr como un modelo a seguir. Como alguien que es sinónimo de solidaridad en la Argentina. Y como creador de un modelo, replicable a muy bajo costo en todo el mundo, que modificaría la realidad de mucha gente.
 
Por ahora son 231 personas o instituciones de todo el mundo las aceptadas en la nómina de postulantes. A partir de ahora, tres instancias, internas y secretas, de filtrado. Hasta conocer, el 12 de octubre, el nombre del próximo premio Nobel de la Paz.
 
María tiene las cejas fuertes, la cara fresca, los dientes muy blancos y los ojos miel. Habla con una dulzura sin almíbar. Parece simple, sin dobleces.
 
Debería ser la persona indicada si uno quisiera conocer el lado malo del bueno de Carr: ella espera cuando su marido se empecina en ayudar a una viejita que vio cargando bolsas por la calle. Ella tolera las escandalosas interrupciones de su celular. Ella para porque a él le pareció que se acababan de cruzar con alguien que tenía un problema. Ella sostiene al que sostiene a otros. Ella y nadie más que ella, tan armónica, delicada, tiene que convivir con ese estilo que es la falta de estilo de la ropa de Carr.

Pero María no tiene quejas.

Si hay un hombre que acepta acercarse al dolor de los otros sin miedo a intoxicarse, un hombre tan íntegro y tan demente que se propone, que realmente se propone, cambiar el mundo, María es el tipo, probablemente el único tipo de mujer que tiene que tener al lado.
 
Cuánto alivio daría. Si Juan Carr fuera algo especial, único e irrepetible. Qué alivio, alguien que se ocupe de hacer lo bueno mientras los demás hacemos lo que podemos. Qué alivio, alguien que corporice de semejante manera el concepto de solidaridad. Qué alivio, alguien que se encargue de cambiar el mundo, eso que los demás no hacemos por falta de tiempo y de dinero. Si fuera un santo, si fuera un prócer, si fuera el hombre más bueno del mundo, qué alivio.
 
María acepta el juego: busca qué contar sobre su marido. Algo que lo humanice.
 
-Va al supermercado y tarda tres horas. Compra cualquier cosa. Compra de lo que hay donde está parado, trae carne y no entra en el freezer. Un desastre.
 
María se ríe. Tocan timbre. Es Juan, otra vez perdió las llaves.
 
-El todavía no entiende por qué lo conocen en la calle. Sale en todos los noticieros y se sorprende de que lo conozcan.
 
María se ríe. Juan prende la computadora.
 
-Cuando sale en la tele pone las manitos acá adelante y baja los hombros. Yo le digo: Juan, te parás como pobrecito y no queda.
 
María se ríe. A Juan le suena el celular y sale hablando.
 
-Es plomero, pero cada vez que arregla un caño lo hace hablando por teléfono y al final hay que llamar a alguien para que lo repare.
 
María se ríe. En el ventanal, a sus espaldas, Carr anda por el parque. En una mano el celular, en la otra un serrucho. Mientras habla, corta, mal, las cañas.
 
Si entendiera que el dinero es un tema.
 
Carr vive de sus dos trabajos: el de los colegios parroquiales y el de Mundo Invisible, una agencia de comunicación creada para difundir noticias sociales que está sostenida por patrocinadores.
 
Si le diera miedo la pobreza.
 
-Yo no voy a ser pobre nunca. Vivo en una casa que tiene algunas goteras y si me quiero ir a Europa mañana, no puedo. Pero no me puedo quejar, ni me interesa. Yo ni nadie de la clase media a la que pertenezco vamos a ser pobres nunca. El tema no es el dinero. No lo es.
 
Si se conformara con pedir dinero.
 
-Yo no necesito mucho dinero. Necesito el compromiso. Necesito: la donación de órganos, la donación de sangre, la donación de médula ósea, un abrazo para el tipo que está mal., nada de dinero. Cuanto más lejos esté el dinero mejor. Este mundo, que fabrica las mejores armas nucleares para aniquilar a otros, está gobernado por los que sacaron diez en economía. Así que ese camino ya lo probamos. Hay que ir por otro.
 
La parroquia del padre Juan Gabriel Arias es blanca y celeste. La luz filtrada por dos grandes vitraux tiñe el antiguo baptisterio cuando el cura habla de la magnanimidad de Juan Carr. Mientras dice que Carr tiene la virtud de hacer cosas grandes. Mientras dice que Carr es más religioso que él, que tiene más vida espiritual que él.

-Juan es un Evangelio vivo. Una persona que no leyó nunca el Evangelio puede verlo a Juan y bueno., así es el Evangelio. La vida se trata de esto.
 
Hay una canción de Silvio Rodríguez que a Juan Carr le gusta mucho.

Debes amar, / la arcilla que va en tus manos, / debes amar, / su arena hasta la locura / y si no, / no la emprendas / que será en vano.
Sólo el amor / alumbra lo que perdura, / sólo el amor / convierte en milagro el barro.
Debes amar, / el tiempo de los intentos, / debes amar, / la hora que nunca brilla / y si no / no pretendas tocar lo cierto. / Sólo el amor / engendra la maravilla, / sólo el amor / consigue encender lo muerto.

Daniel Goldman es rabino de la comunidad Bet-El. Es también un hombre de grandes, de profundos silencios. Tiene la barba canosa, los anteojos de carey muy chiquitos y la campera Nike.
 
Las mejores definiciones sobre su amigo Juan las dará sin hablar: las pausas, las miradas, la emoción. Incondicionalidad hecha gestos. Después, cuando hable, tratará de resumir.
-La tradición judía dice que el mundo se sostiene gracias a 36 justos. Yo no sé decir si Juan es el más bueno del mundo, pero te aseguro que es uno de los 36 justos. Gracias a Juan y 35 personas más, que yo no conozco, el mundo se mantiene. Conozco a uno. Y conocer a este uno a mí me hace celebrar la vida.
 
Yo, Juan Carr, sé que el dolor manda, que el que sufre sabe. Que acercarse al que sufre es como entrar a un templo. Que el dolor desencaja y no da la frialdad para calcular. Pero que el que sufre sabe, más que yo, más que todos.
 
Yo sé que frente al dolor del otro soy una anécdota.
 
Era el entierro de su madre. En el cementerio, pocos, los íntimos. El rabino Daniel Goldman y el cura Juan Gabriel Arias fueron los que pusieron las palabras. Juan, el gesto.
 
Juan -esa mezcla de dolor sereno de los que creen- agarró su guitarra. Se sentó -las piernas colgando en la tumba abierta- y cantó aquello de sólo el amor.
 
Aquello de amar el tiempo de los intentos y la hora que nunca brilla.
 
Aquello de que sólo el amor engendra la maravilla. Consigue encender lo muerto.

✒ | Leonardo Blanco leonardo.sebastian.blanco@gmail.com | La Nación Revista | Domingo 20 de mayo de 2012.
http://www.lanacion.com.ar/1474517-juan-carr-solo-el-amor-puede-sostener 
 
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viernes, 13 de mayo de 2016

Virgen de Fátima, aparición del 13 de mayo de 1917

Páginas Marianas
 
 
 Llevando a su rebaño fuera de Aljustrel en la mañana del 13 de mayo, la fiesta de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, los tres niños pasaron Fátima, donde se encontraban la parroquia y el cementerio, y procedieron más o menos un kilómetro hacia el norte a las pendientes de Cova. Aquí dejaron que sus ovejas pastorearan mientras ellos jugaban en la pradera que llevaba uno que otro árbol de roble. Después de haber tomado su almuerzo alrededor del mediodía decidieron rezar el rosario, aunque de una manera un poco truncada, diciendo sólo las primeras palabras de cada oración. Al instante, ellos fueron sobresaltados por lo que después describieron como un "rayo en medio de un cielo azul". Pensando que una tormenta se acercaba se debatían si debían tomar las ovejas e irse a casa. Preparándose para hacerlo fueron nuevamente sorprendidos por una luz extraña.
 
 Comenzamos a ir cuesta abajo llevando a las ovejas hacia el camino. Cuando estabamos en la mitad de la cuesta, cerca de un árbol de roble (el gran árbol que hoy en día está rodeado de una reja de hierro), vimos otro rayo, y después de da unos cuantos pasos más vimos en un árbol de roble (uno más pequeño más abajo en la colina) a una señora vestida de blanco, que brillaba más fuerte que el sol, irradiando unos rallos de luz clara e intensa, como una copa de cristal llena de pura agua cuando el sol radiante pasa por ella. Nos detuvimos asombrados por la aparición. Estabamos tan cerca que quedamos en la luz que la rodeaba, o que ella irradiaba, casi a un metro y medio.
 
- Por favor no teman, no les voy a hacer daño
- Lucía respondió por parte de los tres, como lo hizo durante todas las apariciones
 
- ¿De dónde eres?
- Yo vengo del cielo.
 
 La Señora vestía con un manto puramente blanco, con un borde de oro que caía hasta sus pies. En sus manos llevaba las cuentas del rosario que parecían estrellas, con un crucifijo que era la gema más radiante de todas. Quieta, Lucía no tenía miedo. La presencia de la Señora le producía solo felicidad y un gozo confiado.
 
- "¿Que quieres de mi?"
- Quiero que regreses aquí los días trece de cada mes por los próximos seis meses a la misma hora. Lugo te diré quien soy, y qué es lo que más deseo. I volveré aquí una séptima vez.
 
- " ¿Y yo iré al cielo?"
- Sí, tu irás al cielo.
 
- " ¿Y Jacinta?"
- Ella también irá
 
- "¿Y Francisco?"
- El también, amor mío, pero primero debe decir muchos Rosarios
 
 La Señora miró a Francisco con compasión por unos minutos, matizado con una pequeña tristeza. Lucía después se recordó de algunos amigos que habían fallecido.
 
- "¿Y María Neves está en el cielo?
- Si, ella esta en el cielo
 
- "¿y Amelia?"
- Ella está en el purgatorio.
 
- Se ofrecerán a Dios y tomarán todos los sufrimientos que El les envíe?
¿En reparación por todos los pecados que Le ofenden y por la conversión de los pecadores?
- "Oh Sí, lo haremos"
 
- Tendrán que sufrir mucho, pero la gracia de Dios estará con ustedes y los fortalecerá.
 
 Lucía relata que mientras la Señora pronunciaba estas palabras, abría sus manos, y fuimos bañados por una luz celestial que parecía venir directamente de sus manos. La realidad de esta luz penetró nuestros corazones y nuestras almas, y sabíamos que de alguna forma esta luz era Dios, y podíamos vernos abrazada por ella. Por un impulso interior de gracias caímos de rodillas, repitiendo en nuestros corazones: "Oh Santísima Trinidad, te adoramos. Mi Dios, mi Dios, te amo en el Santísimo Sacramento".
 Los niños permanecían de rodillas en el torrente de esta luz maravillosa, hasta que la Señora habló de nuevo, mencionando la guerra en Europa, de la que tenían poca ninguna noción.
 
- Digan el Rosario todos los días, para traer la paz al mundo y el final de la guerra.
 
 Después de esto ella se comenzó a elevar lentamente hacia el este, hasta que desapareció en la inmensa distancia. La luz que la rodeaba parecía que se adentraba entre las estrellas, es por eso que a veces decíamos que vimos a los cielos abrirse.
 
 Los días siguientes fueron llenos de entusiasmo, aunque ellos no pretendían que fueran así. Lucía había prevenido a los otros de mantener a su visita en secreto, sabiendo correctamente las dificultades que ellos experimentarían si los eventos se sabrían. Sin embargo la felicidad de Jacinta no pudo ser contenida, cuando prontamente se olvidó de su promesa y se lo reveló todo a su madre, quien la escuchó pacientemente pero le dio poca credibilidad a los hechos. Sus hermanos y hermanas se metían con sus preguntas y chistes. Entre los interrogadores solo su padre, "Ti" Marto estuvo inclinado a aceptar la historia como verdad. El creía en la honestidad de sus hijos, y tenía una simple apreciación de las obras de Dios, de manera que él se convirtió en el primer creyente de las apariciones de Fátima.
 
 La madre de Lucía, por otro lado, cuando finalmente escuchó lo que había ocurrido, creyó que su propia hija era la instigadora de un fraude, si no una blasfemia. Lucía comprendió rápidamente lo que la Señora quería decir cuando dijo que ellos sufrirían mucho. María Rosa no pudo hacer que Lucía se retractara, aún bajo amenazas. Finalmente la llevó a la fuerza donde el párroco, el padre Ferreira, sin tener éxito. Por otro lado, el padre de Lucía, quien no era muy religioso, estaba prácticamente indiferente, atribuyendo todo a los caprichos de mujeres. Las próximas semanas, mientras los niños esperaban su próxima visita de la Señora en Junio, les revelaron que tenían pocos creyentes, y muchos en contra en Aljustrel y Fátima.
 

miércoles, 27 de abril de 2016

Virgen de Montserrat, Patrona de Cataluña, España

Páginas Marianas


27 de abril, Festividad de
Nuestra Señora de Montserrat
 La imagen de la Virgen de Montserrat, tallada en madera, es un buen ejemplo del arte románico. La estatua está sentada, mide 95 cm y es casi toda dorada, excepto la cara y las manos de la Virgen, y el Niño. Estas partes tienen un color entre negro y castaño, que se atribuye a las innumerables velas y lámparas encendidas ante la imagen, día y noche, por los peregrinos. Por esto la llaman “La Moreneta”.
 
 Cuenta la tradición que San Lucas en persona, utilizando las herramientas de la carpintería de San José, labró una preciosa talla de madera tomando como modelo a la mismísima Madre de Dios. Al parecer, esa imagen fue llevada a España por el apóstol Santiago para ser depositada en la ciudad de Barcelona, donde se la veneró por siglos, aún en los peores momentos de las persecuciones romanas.
Durante la invasión musulmana, un grupo de cristianos retiró la imagen de su ermita para esconderla en una cueva de la montaña de Montserrat y ahí permaneció olvidada hasta que en los primeros tiempos de la Reconquista se la descubrió milagrosamente dando inicio, por segunda vez, a su devoción.
 
Un santuario en las montañas
En el siglo IX, los pobladores de la región construyeron para ella una pequeña capilla que, con el paso de los años, dio origen al monasterio benedictino de Santa María de Montserrat, en la comarca de Bages, a 720 metros sobre el nivel del mar. Poco después comenzaron a llegar centenares de peregrinos así como también importantes donativos y limosnas que le permitieron al convento crecer de manera constante hasta transformarse en santuario.
                         
La imagen morena
La talla, dorada y policromada, representa a Nuestra Señora sentada en un trono, con el Niño Jesús sobre sus rodillas sostenido por su mano izquierda en tanto en la derecha sujeta una esfera que representa al mundo. El Niño, que a su vez sostiene una piña, mantiene su diestra en alto, en acto de bendición y, como su Madre, se caracteriza por el color negro de su rostro debido, según los historiadores, al humo de las velas y los candelabros.
 
La devoción se expande
La antigua ermita fue cedida al monasterio de Santa María de Ripoll por Wilfredo el Velloso, héroe aragonés de la Reconquista que allí yace enterrado tras perecer en lucha contra los árabes durante la defensa de Barcelona.
Después que el abad Oliva fundara una orden de monjes junto al pequeño oratorio, la devoción por La Moreneta se difundió por otras comarcas siguiendo la ruta de los ejércitos aragoneses que la llevaron primero a Italia, después a Grecia y finalmente a Oriente. Y con la expansión española por el mundo, surgieron nuevas iglesias, conventos y poblaciones dedicadas a ella.
                         
Patrona del Imperio
España convirtió a La Moreneta en la Virgen Imperial que patrocinaría todas sus empresas. Tales fueron los milagros que Nuestra Señora de Montserrat prodigó a los fieles que Alfonso X el Sabio le dedicó seis de sus Cantigas.
Santos y emperadores visitaron el monasterio para postrarse a sus pies, entre ellos San Ignacio de Loyola, San Pedro Nolasco, San Raimundo de Peñafort, San Luis Gonzaga, San Francisco de Borja, San Vicente Ferrer, San Antonio María Claret, San José de Calasanz, San Benito Labre, San Juan de Mata, el beato Diego de Cádiz, Alfonso el Sabio, Carlos I y Felipe II, los dos últimos en numerosas oportunidades. Felipe II mandó construir a la Virgen el magnífico retablo del altar mayor y su trono fue costeado por suscripción popular.
 
La Virgen requeté
Durante la Guerra Civil Española, soldados catalanes evadidos del territorio controlado por la República socialista constituyeron el Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, milicia carlista catalana que en Pamplona se unió al resto de aquellas fuerzas para combatir con bravura en Zaragoza, Jaca, Codo, el Valle del Tajo, Villalba de los Arcos y otros puntos de la península.
En 1881 el papa León XIII la coronó solemnemente declarándola patrona de todas las diócesis de Cataluña y fijó su festividad el 27 de abril, trasladándola del 8 de septiembre en que se la solía conmemorar.

✒ | Revista Cruzada. Año V N°26 -Abril de 2007.

sábado, 2 de abril de 2016

La increíble vida de un cura que estuvo en Malvinas

 El padre Vicente Martínez Torrens, fue uno de los primeros en llegar a las islas. Hubo ocasiones en las que ofició misa en medio de los bombardeos. Hoy brinda ayuda y contención a veteranos de guerra y familiares.

 Muchas voces han contado cómo fue el horror que se vivió en la guerra de Malvinas. La muerte, la sangre, el frío, el hambre y la necesidad de matar para seguir viviendo. Vicente cuenta la misma historia, pero desde otro lado. Él no portaba un arma, se defendía con una cruz y una Biblia. Vicente Martínez Torrens, cura salesiano, fue uno de los pocos sacerdotes que acompañó a los soldados argentinos en ese infierno. Vivió 74 días sobre la turba de las islas en un hecho que se transformó en una bisagra para el resto de su existencia.
                   
 Actualmente se desempeña en el Archivo Histórico Salesiano en Bahía Blanca pero sabe que su misión es atender los efectos de la posguerra, y de auxiliar en la espiritualidad a los veteranos de guerra sus familiares. Fue el primer capellán en llegar y el último en abandonar las islas, sin caer prisionero de los ingleses.              
                   
 El sacerdote lamenta el proceso de desmalvinización que ocurrió en Argentina, despotricando entre otras manifestaciones, contra la película "Los chicos de la guerra" porque no cuenta toda la verdad y afirma que la idea original era sacar a los ingleses de la isla, plantar la bandera argentina y negociar en la ONU, sin llegar a la guerra.
                    
 También señala que "no todo era mentira por las simples ganas de mentir. Era parte de una guerra psicológica". En otro párrafo duda de las bajas admitidas oficialmente por el enemigo. "Revisé todos los diarios del mundo y en ningún lado aparece el regreso de los gurkhas nepaleses que atravesaron corriendo 36.000 minas antipersonales que rodeaban Puerto Argentino". El padre Vicente tiene una ficha personal de cada uno de los 649 argentinos muertos durante el conflicto (323 fallecidos en el ataque al Belgrano) y un completo diario de guerra que escribió en Malvinas donde se atiborran los terribles recuerdos vividos y sufridos por la tropa argentina. Este cura se movía con total libertad, ya sea en la Gran Malvina como en la Soledad y estuvo a metros del encuentro clave que sostuvieron Jeremy Moore y Benjamín Menéndez para darle fin a la guerra.
                   
Testigo

 "En Bahía Agradable fui testigo de que manera desaparecían las fragatas y destructores ingleses y yo me pregunto qué nación le infligió tanto daño a Inglaterra. Es justo también decirlo que no nos pasaron por encima", relata.

 
 Agrega:                  
 "Si ellos son los ganadores tendrían que mostrar lo bien que le fue y el poco costo que pagaron por esa conquista pero la señora Margaret Thatcher, en uso de sus funciones, impuso un secreto de guerra de no revelar absolutamente nada por 90 años, hasta el 2072". "Respeto y les creo a los soldados que dieron testimonio sobre las carencias que pasaron en el frente porque yo mismo me encontré con dos muertos por desnutrición y fatiga. Existió y fueron casos puntuales, pero no fue la generalidad de los 11.000 soldados. Una compañía la pasó muy mal, eran los que estaban en Puerto Yapeyú (Howart) porque ellos quedaron localizados frente a la playa de desembarco de los ingleses. Entonces no se los podía reabastecer, se trató de llegar con toda la picardías criollas pero no se pudo. Se mandó al "Isla de los Estados" y lo hundieron, se mandó al "Carcarañá" y lo hundieron, otro barco pudo escapar pero no pudieron reabastecerlos". Cuenta que estos soldados se estaban alimentando con 1.200 calorías diarias para racionalizar los alimentos cuando por la tensión y el frío necesitaban 3.000 calorías. "Respeto todas las visiones porque les creo, pero es muy parcial. Al soldado se lo metió en un pozo de zorro setenta días y no pudo ver la guerra en su conjunto. Hay que respetarla y aceptarla. Por mi oficio, y el haber sido capellán único durante mucho tiempo, pude recorrer la isla Soledad desde el cabo San Felipe hasta Monte Kent, desde Moody Brook hasta Puerto Enriqueta. Tenía un helicóptero con un piloto a disposición y pasamos varias veces el canal San Carlos" cuenta.

La rendición y la posguerra

 El padre Vicente tuvo una activa participación tras el cese del fuego. No cayó prisionero y ayudó a los heridos hasta que lo detectaron. Con un remolcador se largó con destino a Comodoro Rivadavia sin caer en manos inglesas. También fue artífice para que la bandera nacional de guerra del RI 4 no fuera tomada por los militares ingleses. "Cuando una bandera se pierde en guerra, no se repone, se reconquista. Eso lo aprendí después. Los británicos están sin bandera en uno de sus regimientos porque la perdieron en las invasiones inglesas y esa bandera está en la iglesia de Santo Domingo. Por eso ellos querían nuestra bandera, porque es histórica y para canjearla por la otra".
 "No pudieron conseguirla porque alguien me la pasó y yo la pude sacar hacia el continente, pero no me pidan que revele el modo en que lo hice. En tanto los sables de los oficiales fueron envueltos en plástico y escondidos en lugares marcados, para recuperarlos en algún momento". Tras la rendición, el padre Vicente no se entregó y se mantuvo oculto ayudando a los heridos. De noche los llevaba en un remolcador al Rompehielos ARA "Irízar" que estaba a 40 minutos de navegación. El buque había sido transformado como hospital y estaba reconocido por la Cruz Roja. El capellán estuvo hasta el 19 de junio realizando esa tarea. Cuando lo detectaron, terminó de subir a los heridos y se fue con el remolcador a Comodoro Rivadavia.
Luego de 26 años, la misión continúa
 A más de dos décadas de la guerra, la misión del sacerdote continúa porque está en contacto permanente con los ex combatientes. A donde va, pregunta enseguida por los veteranos de guerra y mantiene contacto. Lo mismo con familiares y amigos, que buscan más información. El cura expresa que se han encontrado con historias terribles de soldados que han padecido y siguen padeciendo la indiferencia de la mayoría de los argentinos. También lamenta la gran cantidad de suicidios que actualmente se acerca a los cuatrocientos. 

 Recuerda el caso de una madre a quien le habían comentado que su hijo aún estaba vivo, que había sido herido en un combate y que había perdido la memoria. "Incluso le comentaron que estaba vagando por las islas. La mujer vendió todo, hizo hasta lo imposible para ir a la isla a buscarlo. Hasta viajó al Reino Unido para pedir permiso. Yo la encontré y le expliqué que su hijo ya estaba con Dios, porque había fallecido en el ataque del 1 de mayo a la 4.30 de madrugada a 15 metros de la torre de control del aeropuerto. Yo mismo lo había enterrado".
Llegó a dar ocho misas en un día

 Monseñor Medina, por entonces, Obispo Castrense, visitó en cierta ocasión las islas. El padre Vicente, aprovechó para decirle: “Monseñor, usted sabe que el código de derecho canónico permite rezar hasta tres misas diarias; pues bien, yo estoy realizando ocho. ¿Qué pena canónica me puede caber?” y él le dijo: “situación de guerra, hijo, así que dale nomás”. Luego, le dijo: “mira, acá con el Capellán Mayor del Ejército hemos decidido nombrarte Capellán de las Islas Malvinas” y él le contestó que solamente era un voluntario más y que se quedaba hasta que resultara necesario, porque no era capellán castrense. Luego, agregó: mire, declino el nombramiento y provea usted. A ello le contestó monseñor Medina: “bueno, que te hace falta”; ante esto, le agregó el padre Vicente, que en virtud de estar tan ocupado, le enviara más gente. A los dos días le mandó doce “curitas” que fue distribuyendo, tratando de que cada unidad, por lo menos, en su sector los ubicaran en lugares estratégicos” mencionó Torrens. En Malvinas el Padre Vicente tuvo mucho trabajo. Durante muchos días fue el único sacerdote para atender en la fe a miles de soldados. Tenía una agenda con día y hora de los lugares a visitar. Asegura que nunca les falló a pesar de los bombardeos y las continuas alerta rojo. Una vez ocupada la isla, en la cabecera del aeropuerto se enterró un rosario y se puso la pista bajo la protección de la Virgen. "Los ingleses le tiraron 1.200 toneladas de bombas y ninguna le dio hasta el fin de la guerra, que estuvo operable. El último avión salió de esa pista el 13 de junio a las 20 horas". De su diario personal extrae unas anotaciones realizadas el 8 de mayo por un hecho que ocurrió en la misa de la Virgen de Luján. "El soldado radiooperador recibió la información de que venían dos aviones Sea Harrier por el oeste. Correspondía alerta rojo y desbandarnos. Pero el jefe dijo que estábamos en misa y procesión, y no nos iban a detener. Yo no podía dejar mal parado al jefe, porque ese era un acto de fe. Los Sea Harrier no aparecieron nunca". Otro hecho que lo marcó, ocurrió durante una misa. "En momentos de la consagración, cuando elevó la hostia, vio que venía un Sea Harrier ubicándose para bombardeo. Se arrodilló y les ordenó a todos lo que tenía al frente, ¡rodilla a tierra! Cuando estaban en esa posición, la bomba cayó detrás del último hombre, sin herir a nadie". Agrega:
"Hay dos explicaciones; una de fe y es que seguíamos teniendo protección de la Virgen. En tanto la explicación técnica era que esas bombas de 500 kilos hacen un cráter de 12 metros por 4 de profundidad. Al estallar lo hacen en forma de cono, y por lo tanto la onda expansiva salió en forma de V, sin afectar a los que estábamos muy cerca". Tantas vivencias fuertes, lo motivaron a publicar sus memorias. De manera modesta, explica que no se trata más que de la recopilación de una suerte de “diario de guerra”, al que ha llamado “Dios en las trincheras”. Viene a ser una crónica y tiene un expreso objetivo. Al cumplirse los 25 años de la gesta, le pidió el Centro de Veteranos de Bahía Blanca que lo editara. Siendo Salesiano, pertenece a la misma Congregación, que estuviera en 1888 en Malvinas, y fundara una casa con colegio y parroquia.
                   
 Acerca de la bandera del RI Mec 4 dice que la bandera que recuperó, trayéndola al continente, fue realmente una riesgosa aventura. Debía buscar heridos y transportarlos al Irízar y con ellos volver al continente. En total alcanzó a llevar 450 en esa misión encomendada. En ese transporte, llevó la bandera que se había prometido que jamás quedaría como trofeo de guerra para los británicos. Recuerda el día que la llevó a Monte Caseros. El viaje fue desde Comodoro Rivadavia, con escalas en Aeroparque, Paso de los Libres, y llegada a Monte Caseros. Hací­a un calor impresionante. Pero mucho no le importaba, porque con la gracia de Dios la misión estaba cumplida, entregando la bandera cerrando una etapa notable de su vida. Por eso, emocionado, dice que “Monte Caseros es el cofre de su Bandera”.
Fuentes: Editorial Río Negro SA, subido a Internet en 2005
✒ | Soldados Digital. 4 de noviembre del 2008.

martes, 26 de enero de 2016

El padre Chifri: el misionero del rugby



El Rugby, además de un gran deporte, depósito de historias y anécdotas únicas. La pasión por la “ovalada” se traslada a confines insospechados y cada crónica ofrece un condimento especial. Ésta, tuvo su comienzo en el Club Cuidad de Bs As. La religión y el Rugby Solidario, una vez más, muestran el camino hacia la esperanza de un mejor futuro para quienes no nacieron con oportunidades; como también, para construir una sociedad más justa.

Nuestro protagonista: Sigfrido Maximiliano Moroder, más conocido como “Padre Chifri”, nació en Buenos Aires en 1965. Cursando el último año del secundario, en el Colegio Guadalupe de los Misioneros del Verbo Divino del Barrio Porteño de Palermo, las misiones que llevó a cabo con esa institución despertaron su vocación religiosa. El futuro, tanto suyo como de muchos a quienes ayudó, dio su primer paso con el ingreso al Seminario para formarse sacerdote, en el año 1984. Momento en que, comprometido con esa causa,  “Chifri” debió dejar su otra vestidura, con la que practicaba su otra pasión: los colores blanco y celeste de la camiseta de “Muni”. A los 19 años debió alejarse de las canchas, pero no del Rugby. Una década más tarde, ya ordenado padre y con permiso de su párroco, volvió a Ciudad de Buenos Aires y hasta jugó en Intermedia; para finalmente dejar a los 27. Se ofreció como misionero y, en 1999, se fue al pueblo de Quebrada del Toro, en el departamento de Rosario de Lerma, Provincia de Salta, para iniciar su camino en la Parroquia de Santa Rita.

 

El Rugby no sólo aportó valores a la empresa del Padre “Chifri”, sino también una condición física vital para trasladarse entre los cerros salteños, a fin de agilizar su acción solidaria. Las altas temperaturas de mañana (bajo cero de noche) y los fuertes vientos, nunca fueron obstáculo para discontinuar los trabajos solidarios. Recorría la zona en parapente y cada vez que la sombra se reflejaba en el suelo de algún pueblito damnificado, la esperanza se renovaba. Bastaba con ver al cielo, como en tantas otras ocasiones para reconocer a “Chifri” dispuesto a llevar el mensaje de Dios. En total, 25 pueblitos y 18 escuelas rurales fueron testigos del acto divino.

Como ironía del destino, el “Misionero de los Cerros” (otro de su apodos) “cayó del cielo¨  en una de sus travesías. Así es. En 2004 y con más de 200 vuelos de experiencia, un remolino le provocó una caída de 40 metros. Las consecuencias: una pierna rota, dolores tremendos e insuficiencia respiratoria. “Me sentía en el abismo, no entendía por qué Dios me había hecho esto”, relató Chifri al Diario Perfil. Esa anécdota, aunque negativa, sería el título de su libro “Después del Abismo”. Sin embargo, como rugbier de corazón, nunca bajó los brazos, hizo frente a cualquier adversidad. La silla de ruedas tampoco sería impedimento para volver a su misión, a las altas cumbres salteñas, su lugar en el mundo. Rápidamente “Chifri” reemplazó a la misma por dos batones canadienses y retornó al camino. Todo para volver a ayudar a su gente.

De tanto coquetear con el cielo, entre una y otra acción solidaria, humana, y en cada uno de sus vuelos, el Padre Chifri ingresó definitivamente al éter. Lamentablemente, la historia pareció encontrar fin el 23 de Noviembre del 2011; aunque el proyecto (guiado por alma y espiritú del propio Padre “Chifri”) continúa su camino. Estando en casa de sus amigos, el “Misionero de los Cerros” (y del Rugby) sufrió un infarto del que no pudo salir. Todo Salta enlutó y acompañó su entierro en la Parroquia de Santa Rita, tanto el Arzobispo salteño (Mons. Mario Cagnello) como el Papa (Benedicto XVI) concedieron ese privilegio (sólo apto para arzobispos, papas y cardenales).

Por supuesto, el Rugby tendría que sumar a la causa. Desde el club Ciudad de Buenos Aires decidieron seguir con el legado de su gran obra y comenzaron en Noviembre del 2012 a colaborar con la fundación Alfarcito del Padre Chifri,  ubicado en Quebrada del Toro, Provincia de Salta, aportándoles los medios para colaborar con la construcción de instalaciones que mejorarán la actividad escolar y que contribuirán a su desarrollo y calidad de vida. De esta manera apoyaban a quienes más los necesitan y simultáneamente difundían los principios básicos de nuestro Rugby: la Solidaridad, la Humildad y el Respeto. Junto con miembros del Jockey Club de Salta se organizó un encuentro amistoso entre sus dos clubes para recaudar fondos, se llevaron donaciones y este año se prevé concurrir nuevamente.

✒ | Mi Mejor Tercer Tiempo | Miércoles 12 de Julio 2013. 

martes, 19 de enero de 2016

Juan Carr, optimista al extremo



 Hace 13 años, Juan Carr creó junto con su mujer y tres amigos la Red Solidaria, una estructura simple que genera magia cada vez que se lo propone: une a quien necesita con quien puede ayudar. Así de efectiva.


La respuesta los conmovió. La Red Solidaria había pedido solamente ocho personas que donaran sangre para salvar a Martín Herrera, de 11 años. En poco tiempo unas 140 personas respondieron al llamado. Emocionados, los voluntarios de la Red se sorprendieron por la gran convocatoria que habían tenido.

El mecanismo era simple: se enteraban de alguien que necesitaba ayuda, entonces la pedían a través de los medios de comunicación, y la respuesta no tardaba en llegar. Incluso, lo de Martín no era una donación de sangre habitual: los dadores debían recibir un corticoide que estimulara la producción de una variedad de glóbulos blancos y luego someterse a la extracción. Aquel lunes de marzo de 2006, el sector Hemoterapia del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez se llenó de personas que, sin conocer a Martín, estuvieron dispuestas a ayudarlo.

La historia de Felipe Bernava es emocionante. Cuando todavía estaba en la panza de su madre Mariana, los médicos le diagnosticaron una insuficiencia cardíaca. Había que operarlo apenas naciera en los Estados Unidos, el único lugar donde se podía realizar la intervención, de otro modo fallecería. No quedaba mucho tiempo y había que reunir los 100.000 pesos que costaba la operación. Por aquella época —septiembre de 2001—, la Argentina atravesaba acaso la peor crisis de su historia. La Red Solidaria lanzó un pedido para que 100.000 argentinos aportaran un peso y así la familia Bernava reuniera el dinero que Felipe necesitaba para ser intervenido. En dos semanas, el pedido se hizo realidad. En menos de una semana, se juntaron 70.000 pesos (lo restante en la segunda). Felipe fue operado con éxito y la ayuda de miles de personas anónimas salvó su vida.

Juan Carr siempre quiso ser lo que es. Quizá de una manera más anónima o como partícipe silencioso de un movimiento solidario liderado por otros, pero le tocó otra suerte y no se queja. Hace tiempo que este veterinario, de 46 años, se convirtió en la cara visible de una enorme cantidad de argentinos que intentan mejorar las cosas y no reniega de su responsabilidad.

En febrero de 1995, con tres amigos y su esposa, creó la Red Solidaria, un mecanismo que sirve de puente entre una necesidad concreta y miles de manos dispuestas a ayudar: es decir alguien necesita un colchón, la red lo pide y luego conecta a quien puede donar ese colchón. Así se empezó, pero hoy todo se hace a gran escala. La red no tiene estatuto y tampoco cuenta con dinero.

En la actualidad, Carr es un indiscutido referente social. Su mayor capital es la credibilidad y una agenda de papel llena de teléfonos útiles: desde el comedor más perdido en el mapa, hasta el celular del empresario más poderoso.

Cualquiera que lo ve pensaría que el hombre está acostumbrado a lidiar con el dolor ajeno y, sin embargo, se acerca con profundo respeto al que sufre. “El dolor es un gran maestro”, dice.


Casado con María Alemán, Carr es padre de cinco hijos: María, Francisco, Martín, Ana y Josefina. Votado por los lectores, fue elegido como el Emprendedor Social más confiable en la cuarta encuesta anual de Marcas Confiables (también se eligen personalidades destacadas), realizada por Reader’s Digest Argentina.

P: Hace un tiempo, cuando estalló la crisis, usted hablaba mucho de la “revolución solidaria”, hoy menciona la “cultura solidaria”. ¿Qué lo hizo cambiar de idea?
R: Es parte de lo mismo. Creo, con toda franqueza, que la revolución solidaria es la única revolución constructiva, edificante, que se hace sin sangre. Es muy difícil de entender como revolución porque las revoluciones siempre son violentas. En cambio, a esta siempre la definimos como a una revolución cultural y, a pesar de mi propia ansiedad, sabíamos que iba a llevar tiempo. Yo creo que son palabras ligadas: revolución hace más ruido y posiblemente la miseria que dejó la crisis de 2001 provoque eso, pero es igual y el objetivo, que era la cultura de la solidaridad, es el mismo. Me parece que son momentos, pero la Argentina es muy emocional y es mejor que sea emocional a que sea indiferente. Aunque nos falta todavía dar ese paso que era de una emoción a algo más permanente, sin interrupciones, una emoción sostenida en el tiempo, un compromiso por la comunidad del prójimo. Eso es la cultura solidaria.

P: Si eso no ocurrió en los momentos difíciles, ¿cree que puede ocurrir ahora cuando la necesidad pareciera estar más oculta y ese estímulo por cambiar las cosas es mucho menor?
R: Empañado por el optimismo permanente, me parece que la solidaridad adquirió un prestigio cada vez mayor en los últimos cinco, diez, quince años. En todo lo cultural la palabra solidaridad remite a algo transformador. Es un fenómeno bueno en sí mismo, positivo. Confieso que estamos esperando que el proceso se acelere.

Mi sueño es terminar con el hambre en el mundo, o al menos en la Argentina. Estamos cerca del hambre cero.

P: Da la impresión de que llegamos a una meseta... ¿Qué opina?
R: Me parece que sí, que es así. Creo que los sectores medios argentinos, en parte por nuestro propio egoísmo, volvimos a nuestras cosas. En parte también es razonable que la gente vuelva a sus cosas porque quiere vivir en paz. Tal vez me preocupa y me pueda enojar que otros temas no tan ligados al hambre estén detenidos, como la diabetes, la ley celíaca, la violencia doméstica, los accidentes del tránsito. Me parece que el hambre era importante en la crisis y todo el mundo reaccionó, pero ahora hay motivos para seguir reaccionando y en este momento hay una reacción moderada a baja. Sí, hay millones de argentinos que todos los días hacen lo que tienen que hacer de manera honesta, y eso me impresiona mucho. Pero no alcanza.

P: ¿Cómo se hace para inyectar ahora, que todo está más sereno, la urgencia que lleve al compromiso?
R: La fórmula no ha cambiado: es proponerle a todos que salgan de sí, que levanten la mirada, que miren al otro. No pareciera que hay nuevas fórmulas... Y una vez que uno levantó la mirada, tiene que ver con la comunica- ción, con los medios, con la pedagogía. Salimos de una revolución muy sensible pero muchísimas escuelas y universidades toman la solidaridad como tema central. Me parece que estamos en una meseta para lo que ahora es el movimiento solidario, pero aún hay un crecimiento moderado. Muchos líderes de mediana edad tuvieron una participación circunstancial y volvieron a sus cosas; quizá no entendieron que para evitar otra catástrofe hay que comprometerse en la política, en lo público, en la empresa.

P: ¿Qué quedó como positivo y negativo después de esa explosión solidaria?
R: Lo bueno es que la gente volvió a sus cosas y quiere vivir en paz. Lo malo es que el sector medio o medio alto cuando vio la pobreza se asustó, ahora se olvidó un poco de la comunidad. Hay un poco de tedio si se quiere, pero soy muy ansioso. De todas maneras, existe la participación sobre todo cuando pasa algo. Aunque me gustaría que la solidaridad explote sin la necesidad de una catástrofe ni social ni natural, que es lo que tratamos de provocar todos los años.
Hay muchas personas que estaban en su mundo y ahora hacen algo por la escuela de su barrio, por el club, por la plaza. Hubo un salto, pero son aislados todavía. Falta el gran acuerdo argentino: terminemos con el hambre y la desnutrición infantil, y apostemos a tener en 15 años un número de universitarios inédito. Esto no es más que una decisión que no hacemos como pueblo. Se hace en lo micro pero ¿cómo se puede juntar a estos grupos de ciudadanos?

P: Usted tiene un sueño por el que trabaja cada día: terminar con el hambre en el mundo, o al menos en la Argentina. ¿Cree que el principal problema de la región es el hambre?
R: El hambre, la educación, la inclusión social, la fragmentación. América Latina y la Argentina están súper fragmentadas, y eso posterga la inclusión, el combate contra la pobreza y la posibilidad de educar. Podemos agregarle el medioambiente y el calenta- miento global pero todos los temas se desprenden de esto. Estamos cerca del Hambre Cero, son dos millones de indigentes. Parecen un montón pero hay comida para ellos y somos 40 millones. Dos millones con hambre no parecieran tantos. Falta un plus pero estamos ahí nomás.
Otros temas son más complejos. Bajar a cero las muertes por accidentes del tránsito va a llevar diez o quince años. Van a pasar algunas generaciones hasta que se erradique la violencia doméstica.

P: ¿Es más fácil comprometer a los futuros líderes o “convertir” a los que existen?
R: Un líder mayor de 55 o 60 años tiene un montón de experiencia que necesitamos pero el 90 por ciento no tiene interés en producir un cambio. No es peyorativo, es así, no lo tiene. Algunos porque están en un lugar cómodo y otros porque quedaron fuera del sistema.

El alcance de la red. Empezaron cinco. Hoy son una multitud. La Red Solidaria recibe un promedio de 100 llamadas diarias, y esa cifra se triplica en emergencias. En sus comienzos, la mayoría eran pedidos, pero en la actualidad el 60% de la gente se comunica para ofrecer tiempo, ropa, medicamentos. Actualmente, la red cuenta con 24 “sucursales”, una en cada provincia que replica el modelo tradicional.

P: ¿Pensaron que cuando se formó la red iba a llegar a tener tanta repercusión?
R: El tema de la dimensión nacional de la red lo hablábamos en las primeras entrevistas. Y en lo global también. A veces sueño que, en pocos años, podríamos estar asistiendo a las víctimas de cualquier catástrofe que ocurra en el mundo.

P: ¿Cómo hacen para estar en esos dos escenarios?
R: En el gran escenario no lo estamos para nada. La tecnología hace su parte pero más tiene que ver con el compromiso: se descubre un modelo que funciona y uno quiere compartirlo. Igualmente, poco a poco la red fue desembarcando en otras latitudes. En Boston, el matrimonio Bernava creó una red solidaria; en Barcelona, un grupo de argentinos también lo hizo; en Japón, llegó la red por un japonés que estudió asuntos latinoamericanos en la Argentina, copió el modelo y lo exportó; en Uruguay porque insistimos mucho en el diálogo a causa del problema de las papeleras; hasta en Timor Oriental con una chica que se fue a vivir allá.

P: ¿Qué se puede hacer desde aquí por ellos?
R: Muchísimo. En Talca, Chile, un señor necesitaba un medicamento difícil de encontrar, hasta que localizamos una dosis en Brasil. Pasó por Argentina y le salvó la vida. Luego, la hija de ese señor fundó una red en su ciudad. Me parece que ése es el punto de partida de la aldea global. Cuando ocurre una tragedia en cualquier lugar del mundo, muchos te llaman para decirte ‘no sé qué hacer pero acá estoy’, y eso sirve.

P: ¿Cuál es la herramienta para llegar a eso?
R: La comunicación.

P: La Red Solidaria acaba de fundar la productora VNTV (Voz de los que No Tienen Voz) en la que los artistas jóvenes del grupo van a producir videos para subirlos luego a Internet. ¿Cree que esas situaciones se resuelven con verlas?
R: Cada tres días matan a una mujer en la Argentina, cada tres horas un argentino se quita la vida, cada cuatro días
una persona muere esperando un trasplante que no llega, en el país hay 760.000 personas mayores de 80 años y se supone que la mitad está sola... La característica común de todas estas cosas es su invisibilidad y que se les dé audio, gráfica o televisión cambia todo. Es la marginación de la pobreza asociada a la marginación de la mirada. El debate que viene pasa por darle visibilidad a los marginados. Así como hay una publicidad enorme de una gaseosa en la autopista o la foto del candidato político, también podría ser la mamá de un hijo que espera un trasplante. Así como la gente vota a ese candidato o compra esa bebida, también se involucra con ese chico.


El dolor, un maestro. Cuando tenía 25 años, Juan tuvo que atravesar una situación terrible: el cáncer irrumpió en su vida. No lo menciona seguido y pocos saben del asunto. Esa situación límite lo hizo más respetuoso del dolor, más respetuoso de todos los dolores.

Usted habla siempre del gran maestro que es el dolor y está todo el tiempo cara a cara con el dolor. ¿Cómo hacer para que alguien se vea movilizado sin vivir el dolor en carne propia?

- Yo tengo un rechazo natural al dolor. No quiero sufrir yo ni que sufra nadie. Desgraciadamente, el dolor es una escuela increíble, un crisol donde maduran un montón de valores, de proyectos, pero no se lo deseo a nadie. La única manera que conozco de sensibilizar a alguien fuera del dolor es con la comunicación y la pedagogía. Pero después la libertad del hombre es reaccionar o no.
De todos modos me impresiona mucho porque no hay una sola vida que no esté atravesada en algún momento por uno o más dolores. Reuniéndonos, en comunidad, el dolor disminuye siempre pero algunos no terminan de reaccionar. Muchas veces alguien no colabora, no participa hasta que le pasa algo y ahí hace un escándalo porque nadie lo escucha... Me encantaría que todo el mundo reaccione antes de tener que sufrir. Sería interesante hacer una estadística y ver cuánto dolor se hubiera evitado si hubiéramos tenido un sentido más comunitario pero no sé si lo sabremos.


¿Cómo influyó haber sufrido una enfermedad como el cáncer?
- En ese momento, ya venía pensando en esto... y me confirmó que tenía que hacer todo lo que venía pensando. No cambió mi vida.

✒ | Cynthia Palacios | Selecciones Reader's Digest. Julio 2013.
http://ar.selecciones.com/contenido/a382_juan-carr-creo-la-red-solidaria


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